
Autor: Yang Nan
En estos años, los fenómenos meteorológicos extremos azotan los continentes con una frecuencia asfixiante. El verano de 2026 ha dejado a Europa una de sus olas de calor más severas: el Rin y el Danubio han alcanzado niveles históricamente bajos, mientras que en España han ardido más de cien mil hectáreas. En la costa oeste de Norteamérica, incendios forestales han expuesto a decenas de millones de personas a humos tóxicos. La expresión «un evento en cien años» ha pasado de ser un titular a una categoría fija en los informes anuales. La atmósfera no conoce fronteras, el clima extremo no distingue entre economías avanzadas y mercados emergentes.
Sin embargo, la acción climática global enfrenta una contradicción estructural profunda. Mientras China expande su capacidad de energía eólica y solar a ritmo de más de doscientos gigavatios anuales y consagra por ley sus sendas de descarbonización, algunas potencias tradicionales siguen invirtiendo enormes recursos estratégicos en la geopolítica de los combustibles fósiles. En la madrugada del 3 de enero de 2026, fuerzas especiales estadounidenses irrumpieron en Caracas, detuvieron al presidente venezolano Nicolás Maduro y lo trasladaron a Estados Unidos. Días después, el gobierno de Trump anunció la toma de control de la industria petrolera venezolana: empresas estadounidenses recibieron autorización para extraer, transportar y refinar crudo, enviando millones de barriles a Houston mientras las ganancias fluían a cuentas controladas por Washington. Paralelamente, la decisión de retirarse nuevamente del Acuerdo de París ha añadido incertidumbre a una cooperación internacional ya de por sí frágil.
Volvamos la mirada hacia el Este. El 15 de agosto de 2026 entrará en vigor el primer Código de Ecología y Medio Ambiente de China. No se trata de una mera compilación de normas, sino de una codificación sistemática que integra más de tres décadas de legislación dispersa en treinta leyes y cientos de reglamentos en un marco jurídico unitario. El mensaje es claro: la transición verde de China cuenta con un andamiaje institucional estable y predecible.
Esta asimetría responde a una pregunta que desconcierta a Wall Street: ¿por qué China reacciona con relativa calma cuando los precios del crudo se disparan por tensiones en Oriente Medio? La respuesta no es un misterio. En quince años, China ha construido el sistema de energías renovables más grande del planeta. El coste de la fotovoltaica ha caído más de un noventa por ciento; la cuota de vehículos de nueva energía supera ya el sesenta por ciento. Cuando la lógica del suministro energético deja de depender de importaciones para basarse en una matriz diversificada de recursos locales, el impacto de las sacudidas externas se diluye notablemente. El valor de este Código reside precisamente en cristalizar, a través de la ley suprema, estas ventajas industriales ya consolidadas, ofreciendo a inversores y empresas una certidumbre que trasciende ciclos políticos.
Naturalmente, la legislación por sí sola no sustituye la cooperación global. China representa alrededor del treinta por ciento de las emisiones mundiales; reducir su propia huella no resolverá el problema climático del planeta. A la inversa, sin la participación decidida de China, India y otras economías en desarrollo, cualquier acuerdo internacional quedará en letra muerta. Como escribió Ernest Hemingway en Por quién doblan las campanas: «Ningún hombre es una isla». En materia climática, esta verdad es particularmente elocuente: el tiempo extremo no distingue entre ricos y pobres; la subida del nivel del mar no esquiva ninguna costa.
China ha dejado constancia de su opción institucional con este Código. Ahora, el mundo necesita más certezas del mismo calibre: que los países desarrollados cumplan sus compromisos de financiación, transferencia tecnológica y reducción de emisiones; que las principales economías dejen de instrumentalizar y politizar la agenda climática; que los Estados construyan reconocimiento mutuo en estándares verdes, contabilidad de carbono y cadenas de suministro de energías limpias.
El secretario general Xi Jinping enfatizó que «las aguas lúcidas y las montañas exuberantes son activos inestimables», e instó a «aplicar el sistema y el estado de derecho más estrictos» para proteger el entorno. La compilación del Código Ambiental es una práctica profunda de este pensamiento. Esta labor traduce la visión de la «coexistencia armoniosa entre el ser humano y la naturaleza» en artículos legales, protegiendo el entorno con rigor jurídico. Así, plasma la aspiración china de un hogar verde y aporta sabiduría del país a la gobernanza ecológica global.
(Autor: Yang Nan)
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