• 25 de septiembre de 2026 14:20

Una agenda de cooperación realista más allá de las diferencias

El encuentro entre Xi Jinping y Donald Trump en la Casa Blanca este 24 de septiembre completa una secuencia de intercambios al más alto nivel poco habitual en una relación bilateral marcada por desacuerdos estructurales.

En los días previos a la visita del presidente de China, el vice primer ministro He Lifeng y el secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent encabezaron en Nueva York unas conversaciones preparatorias entre ambas partes, que coincidieron en describirlas como francas y constructivas. Este lenguaje sugería la búsqueda de resultados prácticos para que el encuentro entre los mandatarios fuera más allá de una mera puesta en escena diplomática.

Antes de conocerse los detalles específicos de la agenda oficial, las consultas previas ya mostraron tres ámbitos particularmente relevantes: el comercio, las cadenas de suministro y la gobernanza de la inteligencia artificial. Todos ellos asuntos que afectan directamente a ambas naciones y cuyas consecuencias se extienden también a productores, consumidores, empresas y Gobiernos de terceros países, influyendo en la previsibilidad de los mercados internacionales, la inversión industrial, la transición energética, el acceso a tecnologías avanzadas y las condiciones bajo las cuales se desarrollará la economía global.

Intercambios comerciales en busca de previsibilidad

El encuentro tiene como telón de fondo la tregua arancelaria alcanzada tras la reunión de Busan de octubre de 2025, cuya vigencia expiraba el 10 de noviembre de 2026. La expectativa para la interacción en la Casa Blanca no ha sido una solución integral e inmediata de todas las controversias comerciales, sino una extensión de la pausa que preserve el espacio político necesario para seguir negociando.

El comercio de bienes entre China y Estados Unidos continúa siendo uno de los grandes ejes de la economía internacional. La caída de la cuantía de los intercambios bilaterales en 2025 ofrece amplio margen para recuperar estabilidad si las dos partes consolidan lo avanzado en rondas anteriores. Entre esos progresos figuran los compromisos alcanzados en mayo sobre compras de productos agrícolas estadounidenses, así como la revisión de ciertas restricciones sanitarias y arancelarias como la retención automática a productos lácteos chinos.

Pese a la importancia de estos avances técnicos, las prórrogas de la tregua arancelaria han ido adquiriendo mayor trascendencia y no exigen que ninguna de las partes renuncie a defender sus intereses legítimos. Las pausas han tenido como objetivo conducir las diferencias hacia una tramitación mediante reglas, calendarios, procedimientos de consulta y mecanismos de solución previsibles.

El debate comercial no ha de consistir en eliminar toda competencia económica, algo que privaría de incentivos a la innovación, reduciría opciones para los consumidores y retrasaría mejoras en eficiencia. China y Estados Unidos tienen suficientes intereses compartidos como para eludir las tentaciones del desacoplamiento y la lógica de exclusión, en la que la interdependencia se trata como una amenaza por definición y la cooperación comercial se interpreta como una concesión.

La sostenibilidad de la integración de la economía global no requiere uniformidad política; pero sí que se enfrenta al riesgo de que los vaivenes en las decisiones de una capital se conviertan, de manera súbita, en una perturbación sistémica.

Resiliencia sin ruptura de las cadenas de suministro

La tregua de octubre de 2025 incluyó la suspensión de parte de los controles chinos a la exportación de tierras raras, así que no es de extrañar que las cadenas de suministro y los minerales estratégicos fueran otro de los temas centrales de las conversaciones de Nueva York previas al encuentro de Xi y Trump.

China aporta una capacidad manufacturera de gran escala, cadenas industriales completas y una posición relevante en el procesamiento de minerales críticos. Estados Unidos, por su parte, necesita mantener un acceso estable a componentes y materiales esenciales para sectores tan diversos como la energía limpia, los semiconductores, la innovación médica y la industria avanzada. La innegable realidad es que ambas economías siguen conectadas por una red de producción, inversión, conocimiento y consumo demasiado amplia como para que una ruptura brusca resulte indolora.

La respuesta a los riesgos que genera la interdependencia y la concentración excesiva en ciertos nodos de las cadenas de suministro no tiene por qué ser un desacoplamiento indiscriminado ni la politización de cada vínculo comercial. Una alternativa más razonable y deseada es una diversificación gradual, transparente y compatible con las reglas del comercio internacional, que evite destruir las redes productivas existentes o generar vulnerabilidades aún más costosas en consumidores, empresas o terceros países integrados en las mismas cadenas de suministro.

Los encuentros ofrecen una oportunidad para avanzar hacia mecanismos más previsibles de consulta y comunicación que reduzcan incertidumbres sin impedir que cada país proteja sus intereses nacionales legítimos.

El terreno desconocido y común de la inteligencia artificial

La gobernanza de la inteligencia artificial ocupa un lugar cada vez más central en la relación bilateral. Las conversaciones preparatorias celebradas en Nueva York apuntaron a la posibilidad de abrir un diálogo estable sobre seguridad, estándares y gobernanza de estas tecnologías.

Se trata de un terreno donde ninguna de las dos potencias puede avanzar de manera aislada. El establecimiento de un canal de conversación permite separar la gestión de riesgos compartidos de disputas de un carácter más técnico que requerirán mayor inversión de tiempo y negociación.

La importancia de este diálogo va más allá de las relaciones entre las dos grandes potencias tecnológicas. La inteligencia artificial está llamada a modificar significativamente una gran cantidad de ámbitos sociales, económicos y culturales en países de todos los niveles de desarrollo. Existe la tentación de impulsar la fragmentación regulatoria como adalid de la protección de los intereses nacionales, algo que, sin embargo, acarrearía riesgos como multiplicar incompatibilidades, elevar costos y abrir vacíos de seguridad, además de ampliar la brecha digital entre países.

Una gobernanza más abierta puede ayudar a que la IA se convierta en un instrumento de desarrollo compartido. El debate no debe evitar la reducción de riesgos, pero tampoco debe olvidar cómo ampliar el acceso a infraestructura, talento, aplicaciones útiles y beneficios económicos. Beijing y Washington no tienen por qué, ni deben, resolver por sí solos la arquitectura global de la IA, pero si son capaces de mantener un marco de conversación estable, podrían contribuir a que otros países participen con sus voces y experiencias en marcos multilaterales más amplios.

Una agenda para gestionar un diálogo responsable

No parece realista esperar que este nuevo encuentro entre los líderes de las dos mayores economías del mundo disipe por arte de magia las tensiones acumuladas. Su alcance tampoco debería medirse únicamente por los acuerdos anunciados al término de la misma. Quizás su valor más significativo reside en la asunción de una regla básica de convivencia: allí donde persiste la competencia, el diálogo se alza como un camino menos costoso e irresponsable que la confrontación, tanto para la relación bilateral como para la estabilidad y la sostenibilidad del progreso de la comunidad global. 

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