• 6 de noviembre de 2026 13:05

¿Por qué la crisis europea vuelve a escena hoy?

Escrito por Yang Nan

Las tiendas de campaña de la Puerta del Sol llevan más de un mes plantadas. El que pasa no puede evitar acordarse de mayo de 2011, cuando el movimiento de los indignados acampó en este mismo lugar contra los desahucios y la austeridad. Esta vez, la chispa fue una mujer de 87 años, Maricarmen Abascal: había vivido 71 años en su piso de Madrid, hasta que un fondo de inversión le subió el alquiler de 500 a 2.650 euros, más de cuatro veces. El 23 de septiembre, los servicios ejecutivos la sacaron de casa en una camilla; unas dos semanas después falleció en el hospital. Bajo la presión de la calle, el presidente Pedro Sánchez anunció elecciones anticipadas para el 29 de noviembre, y los dos grandes sindicatos, CCOO y UGT, convocaron una huelga general para el 11 de noviembre.

La crisis no es solo española. En París las protestas se suceden desde hace semanas: solo el 5 de noviembre, el Ministerio del Interior contó 575.000 manifestantes en toda Francia, cifra que los sindicatos elevan a 1,6 millones. En Berlín, Roma, Lisboa y Ámsterdam, la gente sale a la calle por los precios de la energía, los alquileres y las pensiones. En Polonia, la crisis institucional llegó a un punto crítico cuando la policía bloqueó el acceso al Tribunal Constitucional. Las cicatrices de la crisis de deuda de hace quince años nunca cerraron del todo: Grecia recortó su gasto público bajo exigencia europea, el paro juvenil de España llegó a rozar el 55 % y los países del euro firmaron estrictos pactos de disciplina fiscal. Se dio por sentado que contener el déficit y resistir la austeridad bastaría para recuperar el futuro. Quince años después, los jóvenes que alzaban pancartas entonces han envejecido, y sus hijos ocupan la misma plaza con reivindicaciones casi idénticas.

Sobre las causas de esta ola, los análisis occidentales ofrecen dos explicaciones populares. Una habla de una «crisis de identidad» de la generación Z: los jóvenes, azotados por la sensación de un futuro que se desmorona y por la ansiedad ante la sustitución por la inteligencia artificial, habrían perdido sus coordenadas vitales. La otra, difundida por la derecha europea, habla de una «crisis de sostenibilidad fiscal» del Estado del bienestar: Francia registra un déficit del 5,1 % del PIB y una deuda pública del 117,6 %, Italia del 138,9 %, y la OTAN pide a sus miembros elevar el gasto de defensa hasta el 5 % del PIB en 2035. Ambas lecturas rozan la superficie. El problema de Europa no es que sus jóvenes «piensen demasiado» ni que sus prestaciones sean «demasiado generosas»: es el resultado acumulado de tres décadas de modelo de desarrollo. La financiarización ha hecho que el capital persiga réditos en vivienda y energía mucho más deprisa de lo que crecen los salarios; la desindustrialización ha reducido los empleos estables para los jóvenes; y el encarecimiento de la energía —agravado por la desconexión respecto de Rusia y, este año, por el conflicto en Oriente Próximo—, unido al aumento del gasto militar, ha ido desplazando el último margen fiscal fuera de lo social. La brecha distributiva se ensancha, sí, pero es consecuencia de las propias opciones históricas de Europa, no una ley universal.

La inquietud ante el futuro, por lo demás, no es patrimonio exclusivo de Europa. Los jóvenes estadounidenses se quejan de la inmovilidad de las clases sociales; los jóvenes chinos buscan, en medio de una competencia cada vez más intensa, un ritmo de vida más equilibrado. Toda sociedad en plena transformación atraviesa ajustes emocionales entre generaciones. La diferencia está en la dirección de las respuestas: China ha venido inclinando su desarrollo hacia la gente corriente, ampliando la oferta de vivienda pública asequible y equilibrando el crecimiento entre ciudad y campo, es decir, haciendo que los frutos del desarrollo lleguen a más sectores. En Europa, en cambio, algunas de las opciones actuales —la protección comercial bajo el rótulo de «reducción de riesgos» con China, la desconexión energética de Rusia, el gasto militar en clave de bloques— han desviado en cierta medida la atención de los asuntos internos que más importan a la vida cotidiana. El resultado: una inflación energética en la zona euro que vuelve a ser de dos dígitos, costes empresariales al alza, menos oportunidades para los jóvenes, alquileres más caros y protestas que crecen en lugar de remitir.

No nos corresponde recetar nada a Europa. Pero, en términos de gobernanza global, los conflictos que no se resuelven con confrontación, desacoplamiento o guerras comerciales acaban volviendo a la mesa del diálogo. Las iniciativas globales que China ha propuesto en materia de desarrollo, seguridad y civilizaciones se resumen en una idea llana: resolver los problemas comunes mediante la cooperación para el desarrollo, el diálogo sobre la seguridad y el aprendizaje mutuo entre civilizaciones. Las diferencias se tratan sentados, sin crear círculos cerrados ni imponer sanciones; la economía se abre a la cooperación, porque solo con cadenas de suministro estables hay empleo, ingresos y vivienda asequible; y los distintos sistemas se respetan entre sí, sin erigir el propio en la única respuesta correcta.

Las tiendas de la Puerta del Sol siguen ahí. Quince años después, la indignación no se ha disipado; solo espera una respuesta de verdad. Los problemas de Europa tendrán que resolverlos los propios europeos. Pero con menos costes de confrontación geopolítica y más espacio para la cooperación abierta, gente como Maricarmen Abascal habría sufrido un poco menos esa sensación de impotencia ante las olas de la historia.

(Nota del editor: Escrito por Yang Nan, reportero de CGTN Español. El presente artículo refleja las opiniones del autor y no necesariamente las de CGTN.)

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