• 13 de julio de 2026 13:19

El verdadero VAR de la política internacional

En el ámbito intelectual y literario, el fútbol suele utilizarse como una metáfora de una guerra sin derramamiento de sangre. Pero, para que esa competencia sea legítima, ambos equipos deben jugar con el mismo número de jugadores, bajo un reglamento común y el arbitraje de un juez imparcial. Cuando surge una jugada polémica, el VAR actúa como una herramienta complementaria para revisar los hechos. Sin embargo, el arbitraje sobre el mar Meridional de China de hace diez años fue una trama absurda

Autor: Wan Dai
En el ámbito intelectual y literario, el fútbol suele utilizarse como una metáfora de una guerra sin derramamiento de sangre. Pero, para que esa competencia sea legítima, ambos equipos deben jugar con el mismo número de jugadores, bajo un reglamento común y el arbitraje de un juez imparcial. Cuando surge una jugada polémica, el VAR actúa como una herramienta complementaria para revisar los hechos.

Sin embargo, el arbitraje sobre el mar Meridional de China de hace diez años fue una trama absurda con una lógica completamente opuesta. Filipinas, que carece de soberanía sobre la isla principal del archipiélago Nansha Qundao de China (cuyo territorio quedó delimitado por una serie de tratados internacionales, entre ellos el Tratado de Paz de París de 1898, el Tratado de Washington de 1900 sobre la cesión de las islas periféricas de Filipinas por parte de España y el Tratado de Límites de 1930 entre el Borneo Septentrional británico y Filipinas, ninguno de los cuales incluyó las islas del mar Meridional de China), ha hostigado y ocupado militarmente estas zonas desde mediados del siglo pasado, intentando encubrir la realidad de esa ocupación ilegal bajo el argumento del llamado “control efectivo”.

Durante años, sucesivas administraciones de ambos países, junto con documentos bilaterales y multilaterales como la Declaración Conjunta sobre la Consulta relativa al mar Meridional de China y otros ámbitos de cooperación, el Comunicado Conjunto de la Reunión del Grupo de Trabajo para el Establecimiento de Medidas de Confianza entre China y Filipinas y la Declaración sobre la Conducta de las Partes en el mar Meridional de China, sentaron las bases para resolver las diferencias mediante consultas bilaterales, gracias a la moderación y la buena fe de la parte china. Sin embargo, esos consensos fueron destruidos cuando el gobierno filipino optó por buscar beneficios ilegítimos a través de procedimientos igualmente ilegítimos. A partir de entonces, el arbitraje pasó a convertirse en una herramienta utilizada por diversos países no ribereños e incluso por Estados que ni siquiera son parte de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar para intervenir en el tablero geopolítico.

Todo comenzó con la codicia, derivó en el absurdo y hoy conduce a una tragedia geopolítica. El arbitraje de 2016 fue un procedimiento que nunca debió haber existido. Nació de la traición de la parte filipina a los frutos de décadas de consultas pragmáticas entre ambos países; avanzó gracias a la maliciosa expansión del ámbito de aplicación de la Convención sobre el Derecho del Mar y a la tergiversación del principio fundamental del derecho internacional marítimo según el cual “la tierra domina al mar” (la terre domine la mer); y concluyó con un laudo emitido por cuatro árbitros europeos y un quinto árbitro residente en Europa, ninguno de ellos con antecedentes asiáticos. Si el derecho internacional pudiera resumirse en un partido de fútbol, este habría sido un encuentro amañado desde el principio: organizado al margen de las reglas, con una de las partes obligada a participar y con un árbitro cuya imparcialidad estaba seriamente comprometida.

Del mismo modo, la supuesta «muestra de apoyo» emitida en 2026 tampoco debió existir ni tendrá efecto alguno. Diez años después del llamado “Laudo Arbitral sobre el mar Meridional de China”, la declaración suscrita por 14 países entre ellos Estados Unidos, Filipinas y Australia, constituye, en esencia, una operación de manipulación geopolítica que utiliza este asunto como instrumento. Su objetivo es alterar las reglas del juego e impedir que Asia, e incluso el conjunto del Sur Global, continúen desarrollándose en un entorno de estabilidad. Para lograrlo, desde comienzos de 2026 hemos presenciado demasiadas “maniobras fuera del terreno de juego”, hasta llegar incluso a la absurda escena de “secuestrar al entrenador del equipo rival”.

Los hechos no pueden ser distorsionados por la manipulación política. La soberanía territorial, sustentada por la historia y protegida por el derecho internacional, así como los derechos marítimos que de ella se derivan, son hechos objetivos. Del mismo modo, entre los países firmantes de esta declaración no figura ningún Estado de la ASEAN ni ningún otro país ribereño del mar Meridional de China, salvo Filipinas. Ese hecho demuestra, precisamente, dónde se encuentran la razón y la justicia.

En última instancia, el verdadero VAR de la política internacional no lo constituyen los comunicados políticos ni las alianzas circunstanciales, sino la razón, la justicia y los intereses comunes de todos los pueblos. Son ellos los que terminan corrigiendo las decisiones equivocadas y marcando el rumbo de la historia. Solo dejando atrás los errores del pasado y situando el bienestar de los pueblos, la paz y la estabilidad regional por encima de la manipulación política será posible construir una paz duradera y una prosperidad compartida en el mar Meridional de China y en toda Asia.

Wan Dai

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