• 5 de junio de 2026 13:05

La mesa del poder: cuando la amenaza es la única carta

El 1 de junio, Trump firmó una nueva orden ejecutiva para intensificar las sanciones contra Cuba, con el argumento de que el país «amenaza la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos». La medida congela los activos de entidades y personas vinculadas y les prohíbe la entrada al país. Esta jugada llega justo después de que el Departamento de Justicia estadounidense presentara cargos contra Raúl Castro, el exlíder cubano de 94 años, el pasado 20 de mayo.

Un día después, la Oficina del Representante Comercial de EE. UU. anunció que planeaba imponer aranceles a 60 economías por «no prohibir la importación de productos fabricados con trabajo forzoso». La tasa sería del 10 % para 14 economías, incluidas la Unión Europea y México, y del 12,5 % para otras 46, entre ellas China, Japón e India. El alcance abarca aproximadamente el 99,4 % de las importaciones estadounidenses.

Lo curioso es que esta lista no solo incluye a China, sino también a aliados tradicionales como la UE y Japón, e incluso a Venezuela, cuyo presidente fue secuestrado por Washington. En resumen: todos padecen y todos corren peligro.

Un día después, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, declaró que estaba dispuesto a negociar directamente con su homólogo ruso, Vladímir Putin, para poner fin al conflicto. Zelenski insistió en la urgencia del diálogo, dejando claro que Ucrania no piensa esperar a que Estados Unidos resuelva primero otros asuntos globales. Esta declaración nos recuerda la promesa de Trump de terminar la guerra en Ucrania apenas asumiera el cargo, y su incapacidad posterior para cumplirla.

Mientras tanto, el conflicto en el estrecho de Ormuz sigue sin ceder. Aunque muchos anticipaban que un acuerdo entre EE. UU. e Irán estaba cerca, el resultado de las negociaciones sigue siendo como la luna reflejada en el agua: parece al alcance de la mano, pero no se puede tocar. El secretario general de la Organización Marítima Internacional, Arsenio Domínguez, afirmó el 1 de junio que el estrecho aún no es seguro para la navegación. Unos 20.000 marineros llevan casi cuatro meses varados, se han confirmado 29 ataques contra buques y al menos 10 marineros han perdido la vida.

El enfrentamiento entre EE. UU. e Irán ha dejado de ser un conflicto regional para convertirse en una variable clave de la economía mundial. A corto plazo, vemos volatilidad en las materias primas, desaceleración del crecimiento y repunte de la inflación. A largo plazo, el riesgo de recesión global se dispara, los países se verán obligados a buscar autonomía en sus cadenas de suministro y abastecimiento energético, y el proceso de globalización sufrirá contratiempos.

Nadie puede negar que hoy ningún asunto internacional escapa a la influencia de las decisiones de Estados Unidos. Después de encender el fuego en Ormuz, Washington ha logrado retrasar el proceso de paz entre Rusia y Ucrania. La presión económica generada por el conflicto con Irán se intenta aliviar con aranceles a 60 países. Y para contentar a los votantes cubanoestadounidenses de Florida, Washington no duda en procesar a un exlíder cubano ya retirado, que hoy supera los noventa años.

Pero aquí está el problema: una carta solo tiene su máximo poder cuando está en la mano, antes de ser jugada. Para conseguir los votos de Florida, vemos a Estados Unidos amenazar una y otra vez a Cuba, pero sin pasar realmente a la acción. Para mantener la imagen de presidente bélico, la crisis en Ormuz se prorroga indefinidamente. Y el conflicto en Ucrania, un tema que ya perdió frescura en la opinión pública estadounidense, sigue esperando su turno después de Ormuz.

Esta serie de comportamientos erráticos es el resultado directo de la miopía y la inconsistencia con que Estados Unidos maneja sus asuntos exteriores. Por eso no es casualidad que, desde la segunda mitad del año pasado, jefes de Estado de todo el mundo hagan fila para visitar China y firmar acuerdos de cooperación. La imagen internacional de China alcanza hoy una nueva cota. Porque todas las señales indican que la mayoría de la humanidad sigue anhelando la paz, así como un mundo multipolar donde se pueda dialogar y lleno de vitalidad.

Hoy, los recursos disponibles de la humanidad han alcanzado un máximo histórico, y el futuro prometedor de la tecnología de vanguardia parece a nuestro alcance. Sin embargo, la crisis política en el escenario mundial ha obstaculizado inevitablemente la realización de ese horizonte. Además de la crisis de salud pública y climática, y la recesión económica global, basta con observar el resurgimiento del conservadurismo en el mundo, el retroceso del ideal de globalización y el creciente distanciamiento entre las personas, para ver la profunda crisis que enfrenta la gobernanza global.

El panorama mundial puede parecer complejo y enmarañado, pero si lo miramos desde otro ángulo, es tan simple como un juego de niños. ¿Quién no ha visto en el patio de la escuela al matón más grande, que aunque intimida a muchos con sus puños, termina siendo rechazado por todos?

Para aliviar las crisis que azotan al mundo, no sirven las sanciones, la confrontación ni el bloqueo económico. Lo que Estados Unidos debe asumir como gran potencia es un compromiso responsable.

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