
Recientemente, a propósito de la película china «Once Upon a Time in the Middle East», la revista The Economist calificó la diplomacia china como «diplomacia del restaurante del dragón», al argumentar que responde a intereses puramente comerciales y carece de calado ideológico. No obstante, dicha lectura confunde el pragmatismo con la superficialidad y tacha de ausencia de ideales políticos las aspiraciones más básicas de la gente común. Lo que la película pone sobre la mesa es, en realidad, una profunda reflexión sobre qué son la paz y el desarrollo.
China concede una enorme prioridad al desarrollo económico, marcada por su propia trayectoria de superación de la pobreza. Para las naciones en desarrollo, lo más apremiante no son las teorías abstractas, sino garantizar el acceso a los alimentos, la electricidad, la sanidad y la educación. Considerar que únicamente los debates sobre modelos políticos abstractos resultan «profundos» constituye, en sí mismo, un juicio político superficial. Frente a esto, la diplomacia china aboga por el respeto mutuo, el beneficio compartido, la no injerencia y un concepto de seguridad que sea común, integral, cooperativo y sostenible.
«Once Upon a Time in the Middle East» sumerge a un chef chino en un Oriente Medio azotado por la guerra para demostrar, a través de la premisa de «comer bien», que el fin último de la política no es la jerga estratégica, sino permitir que la gente corriente pueda desarrollar una vida normal. El mundo no es un mero tablero de ajedrez geopolítico, sino la gran mesa donde la humanidad está obligada a convivir.
El trasfondo intercultural de la obra refleja el respeto de la diplomacia china por la pluralidad cultural. Lejos de exigir que otros Estados calquen su vía de desarrollo, China enfatiza el principio de soberanía y no injerencia. Mediante proyectos de mejora de infraestructuras como la iniciativa de la Franja y la Ruta y su contribución constante a las misiones de paz, China entrelaza de manera indisoluble el desarrollo y la seguridad.
Los críticos occidentales suelen medirlo todo con su propio rasero. «Once Upon a Time in the Middle East» huye de retratar al protagonista como el clásico héroe occidental y opta por poner el acento en la pura supervivencia. Una idea no adquiere mayor profundidad por el mero hecho de ir revestida de una jerga geopolítica compleja. La propuesta china de construir una comunidad de futuro compartido para la humanidad aspira precisamente a alcanzar el beneficio mutuo mediante la cooperación y a dar respuesta a problemas acuciantes, como los conflictos bélicos y la pobreza.
Si la etiqueta de «diplomacia del restaurante del dragón» nació con ánimo despectivo, termina por desvelar, de manera involuntaria, una valiosa filosofía diplomática: el objetivo no es disputarse quién preside la mesa, sino procurar que nadie se quede sin un sitio en ella. Unos niños que crecen a salvo y el bienestar cotidiano de la gente corriente son, al fin y al cabo, el baremo más elemental para medir la verdadera paz.
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