
Hace dos años asistí en Beijing al estreno de «Guardiana de dragones», la primera película de animación coproducida entre China y España. Aquel día entrevisté al equipo chino, pero me quedó una conversación pendiente con Salvador Simó, su codirector español.
Dos años después, nos encontramos finalmente en Xi’an, donde Simó participa como miembro del jurado de la sección de animación del Festival Internacional de Cine de la Ruta de la Seda de este año. La película ya ha quedado atrás, pero muchas de las preguntas que planteó aquella experiencia siguen teniendo vigencia: ¿cómo trabajan juntos dos equipos separados por miles de kilómetros y por contextos culturales diferentes? ¿Qué ocurre cuando una misma escena se entiende de manera distinta en China y en España? ¿Y hasta dónde puede llegar una coproducción sin perder la identidad cultural de la historia?
Para Simó, «Guardiana de dragones» fue, ante todo, un primer paso. La producción no fue fácil y la pandemia añadió dificultades a un proceso que ya era complejo. Pero el director considera que precisamente de esas dificultades surgió una experiencia valiosa.
«Aprendimos mucho sobre cómo colaborar, sobre lo que hicimos bien y lo que hicimos mal», me contó. A pesar de las dificultades, se muestra satisfecho con el resultado y cree que la película abrió una puerta a futuras colaboraciones entre China y España.
Pero quizá lo más interesante de aquella colaboración esté en los pequeños detalles.
Un abrazo entre dos personajes, por ejemplo.
En una escena de la película, Ping, la joven protagonista, abraza a su maestro. Una acción aparentemente sencilla terminó provocando una conversación entre los dos equipos. Simó recuerda que su codirector chino señaló que, culturalmente, en China las personas no suelen abrazarse tanto como en España o en otros países occidentales.
La pregunta entonces era sencilla: ¿debían respetar esa diferencia cultural o mantener el abrazo?
La respuesta no llegó de decidir qué era «más chino» o «más español», sino de volver al personaje.
«En ese momento tuvimos que pensar no tanto en nuestras culturas, sino en qué era lo que los personajes tenían que transmitir y qué era lo mejor para la audiencia», explicó Simó.
Finalmente, Ping abraza a su maestro y él se siente incómodo ante el gesto. Para el director, el abrazo funciona porque nace de la inocencia del personaje, no de una costumbre china o española.
«A veces, si entendemos por qué el personaje hace lo que hace, ya no depende tanto de la cultura, sino más de las sensaciones y los sentimientos de los personajes. Y eso es común a cualquier cultura».
Ese pequeño abrazo resume buena parte del desafío de una coproducción internacional. Colaborar no significa borrar las diferencias culturales ni decidir cuál de las dos partes debe imponerse. A veces significa encontrar, detrás de esas diferencias, una emoción que ambas puedan comprender.
Algo parecido ocurrió con los dragones.
«Guardiana de dragones» está basada en una novela de la escritora australiana Carole Wilkinson y sitúa su historia en una antigua China poblada por criaturas mitológicas. Sin embargo, uno de los primeros problemas que encontraron los dos directores estaba precisamente en la apariencia de esas criaturas.
En la novela original, los dragones tienen alas. Pero el equipo chino planteó una cuestión evidente: los dragones de la tradición china normalmente no se representan con alas.
En lugar de convertir esa diferencia en una disputa sobre quién tenía razón, los dos equipos comenzaron a buscar una solución. Simó recuerda que, gracias al equipo chino, encontraron documentación que les permitió integrar las alas dentro del contexto cultural de la historia.
«No era un problema de egos, de que yo quisiera una cosa y otra persona quisiera otra. Se trataba todo el tiempo de pensar qué era lo mejor para la historia», señaló.
Para Simó, esa es también la respuesta a una pregunta inevitable en una película codirigida: ¿quién tiene la última palabra?
«No se trata tanto de quién tiene la última palabra, sino de qué es lo mejor para la película».
La experiencia de «Guardiana de dragones» muestra que una coproducción no consiste simplemente en juntar profesionales de dos países. Una película de animación puede involucrar a cientos de personas, y hacer que todas trabajen en una misma dirección requiere una estructura clara y, sobre todo, comunicación.
Simó lo compara con un reloj compuesto por muchas piezas. Cada una debe saber qué función cumple y cómo encajar con las demás. Durante la producción de «Guardiana de dragones», algunas de esas piezas no encajaron a la primera y tuvieron que moverse y ajustarse. Pero precisamente ese proceso permitió a los dos equipos aprender cómo podía funcionar una colaboración entre países tan alejados geográficamente.
El propio Simó lleva 36 años trabajando en animación y ha formado parte de equipos internacionales en países como Reino Unido, Francia y Estados Unidos. Para él, trabajar con personas procedentes de culturas distintas no es una excepción, sino parte de la propia naturaleza de la animación.
Y quizá la animación tenga una ventaja particular a la hora de cruzar fronteras.
En una película de ficción, explica, el espectador entra en un mundo cuyas reglas ya conoce. Si alguien deja caer una manzana, la manzana cae al suelo. En la animación, en cambio, los creadores construyen ese mundo desde el principio y deciden cuáles son sus reglas.
Eso permite una libertad especial. Pero no significa que la cultura desaparezca.
Simó utiliza una imagen sencilla para explicarlo: la cultura es «el envoltorio» de la historia.
En el fondo, sostiene, el cine vuelve una y otra vez sobre temas universales: el amor, la amistad y las relaciones humanas. Una historia de amor puede contarse en China o en España y seguir hablando de sentimientos reconocibles para cualquier espectador. Pero la cultura hace que esas dos historias no sean iguales. Les da una forma, unos códigos y una identidad propia.
Por eso, quizá el objetivo de una coproducción internacional no debería ser buscar una historia sin identidad cultural para que todo el mundo pueda entenderla. El verdadero reto está en conservar esa identidad y, al mismo tiempo, encontrar emociones capaces de viajar más allá de ella.
Dos años después de «Guardiana de dragones», pregunté a Simó si aquella experiencia le había dejado una fórmula para futuras coproducciones con China.
Su respuesta fue inmediata: no hay una fórmula.
«Depende de las personas».
Si tuviera que empezar de nuevo, dijo, lo primero que haría sería sentarse con el equipo chino. Antes de pensar en cómo producir la película, intentaría entender qué quiere hacer cada parte, cómo pueden comunicarse y cuál es la mejor manera de trabajar juntos.
Porque tampoco existe «un equipo chino» como una realidad homogénea. China tiene numerosos estudios, directores y profesionales, cada uno con sus propias fortalezas y formas de trabajar. La colaboración comienza, por tanto, mucho antes de que empiece la producción: comienza cuando las personas se sientan a hablar.
Esta idea también aparece en su manera de entender el cine como jurado. Al valorar una película de animación, Simó intenta olvidar por un momento que lleva décadas trabajando en la industria y verla simplemente como un espectador.
Su criterio principal es aparentemente sencillo: ¿le llega lo que el director quería comunicar?
Lo compara con la poesía. Una obra puede utilizar un lenguaje más o menos elaborado, pero lo importante es si aquello que contiene consigue llegar a quien la recibe. Para Simó, la animación también es eso: una forma de transmitir una sensación, un sentimiento.
Quizá por eso, al volver sobre «Guardiana de dragones», los ejemplos más reveladores de aquella primera coproducción de animación entre China y España no son los más espectaculares.
Son un abrazo y unas alas de dragón.
Dos detalles pequeños detrás de los cuales aparecen preguntas mucho más grandes sobre cultura, creación y colaboración. Y también una posible respuesta: cuando dos equipos procedentes de lugares distintos consiguen dejar a un lado quién tiene la última palabra y empiezan a preguntarse qué necesita la historia, la distancia entre ellos puede hacerse mucho más corta.
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