• 17 de octubre de 2026 12:48

Las lecciones de la Gran Marcha son universales

Por Oliver Vargas, comentarista de actualidad

La provincia de Sichuan, ubicada en el suroeste de China, ha conquistado las redes sociales con su tradicional olla caliente, sus impresionantes paisajes y tiernos pandas gigantes. Más allá de sus atractivos, estos referentes culturales y turísticos también han servido como un puente para el intercambio entre los pueblos, especialmente en un mundo marcado por los conflictos y la incertidumbre.

Sin embargo, la provincia de Sichuan también ocupa un lugar destacado en la memoria histórica de China. Sus colinas, ríos y montañas nevadas fueron testigos de algunos de los episodios más decisivos de la Gran Marcha, un acontecimiento que marcó profundamente el rumbo de China. Noventa años después, recorrer estos paisajes no solo permite descubrir su belleza natural, sino invita a mirar al pasado y reflexionar sobre las lecciones que aquella experiencia puede ofrecernos hoy.

En 1934, el Ejército Rojo emprendió una hazaña de dimensiones monumentales y que es conocida en los libros de historia como la Gran Marcha. Durante dos años, sus combatientes rompieron el cerco de las fuerzas enemigas en el sur de China y recorrieron más de 12.500 kilómetros a través de un territorio inmenso y hostil, impulsados por los ideales revolucionarios. Fueron 24 meses de sacrificios extremos, en los que avanzaron sin apenas recursos ni apoyo externo, cargando lo indispensable y encontrando, en muchos lugares, el respaldo solidario del pueblo.

Hace poco tuve la oportunidad de recorrer algunas de las rutas del Ejército Rojo. No seguí el trayecto completo, pero sí visité escenarios claves de su paso por la provincia de Sichuan. Fue en esta región, durante su avance hacia el norte, donde los combatientes enfrentaron algunos de los tramos más difíciles de la travesía, atravesando montañas cubiertas de nieve y extensos pantanos, en un contexto marcado por la defensa del país frente a la invasión japonesa. Como extranjero, conocía los grandes hitos de aquella historia; no obstante, experimentar de cerca la geografía de la Gran Marcha me permitió comprenderla desde una perspectiva completamente distinta.

En el camino comprendí algo fundamental sobre la infinita capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad, una lección profundamente inspiradora para el Sur Global, especialmente en una época marcada por la intensificación de las guerras y las sanciones contra los países que deciden seguir un rumbo independiente. Una lección que cobra aún más relevancia en América Latina, una región que vuelve a ser tratada abiertamente como el «patio trasero» de Estados Unidos, en una reedición de la Doctrina Monroe que reafirma las pretensiones colonialistas de Washington.  

Ante este escenario, algunos reaccionan con resignación o se dejan dominar por el temor. La Gran Marcha, sin embargo, nos invita a afrontar la adversidad con determinación, a defender el derecho de nuestros pueblos, a decidir su propio destino y a comprender que, por difícil que parezca el camino, no hay cima inalcanzable.

Cerros de unidad

Nuestro punto de partida fue la prefectura autónoma yi de Liangshan, en el sur de la provincia de Sichuan. Allí fue donde el Ejército Rojo se enfrentó a uno de los desafíos más decisivos para el éxito de la Gran Marcha.

En estas tierras habitan diversos grupos étnicos, entre los que destaca el pueblo yi. Al conversar con las autoridades de locales, estas recordaban que la llegada de un ejército desconocido despertó inicialmente desconfianza y temor, entre las comunidades yi. Durante años, habían sufrido la opresión de los caudillos militares de la región, quienes obligaban a sus jóvenes a sumarse a guerras ajenas, condenando a sus pueblos a la miseria o exponiéndolos a terribles masacres.

El Ejército Rojo fue el primero en respetar sus costumbres y tratarlos con dignidad. Les explicó su proyecto político y les hizo comprender que su lucha aspiraba a la liberación de todo el pueblo chino, incluido sus 56 grupos étnicos. A través de sus acciones y palabras, logró ganarse la confianza y el aprecio de estas comunidades, que finalmente sellaron un pacto de alianza conforme a las costumbres locales y se sumaron en masa a las filas revolucionarias. Este episodio pasó a la historia como la Alianza de Yihai, un acuerdo que, además de estrechar los vínculos entre ambas partes, permitió al Ejército Rojo contar con guías locales y adquirir conocimientos indispensables para atravesar el difícil terreno montañoso de la región.

Construir un propósito común y alcanzar la prosperidad compartida no es cuestión de sermones ni de imposiciones, sino de liderar con el ejemplo y tratar a los aliados como iguales. Esta lección mantiene hoy toda su vigencia en un mundo que necesita fortalecer la cooperación y el multilateralismo frente al degastado modelo unipolar, basado en la prepotencia y el amedrentamiento.

La hora de la verdad

Avanzamos luego hacia el norte, en dirección al río Dadu, escenario de uno de los episodios más emblemáticos de toda la epopeya. Su cruce, poco conocido fuera de China, constituye un testimonio de la capacidad humana para superar obstáculos que parecen insalvables. Todo el esfuerzo dedicado a forjar alianzas y ganarse la confianza del pueblo resultó fundamental para que el Ejército Rojo pudiera resistir en uno de los momentos más críticos de su travesía, cuando parecía encontrarse contra las cuerdas.

Hay momentos en la vida en que todo parece ponerse en nuestra contra; momentos en que nos sentimos acorralados, sin una salida a la vista y con la adversidad cerrándose a nuestro alrededor. Para el Ejército Rojo, cruzar el Dadu y continuar su avance hacia el norte era una necesidad imperiosa. Sin embargo, las fuerzas enemigas lo mantenían cercado por todas partes.

A la dificultad se sumaba el peso de la historia. En ese mismo río había sucumbido parte de la Rebelión Taiping, uno de los mayores levantamientos campesinos del siglo XIX. Convencidas de que la historia estaba a punto de repetirse, las fuerzas nacionalistas presumían con arrogancia que el Ejército Rojo correría la misma suerte y acabaría derrotado.

En lugar de rendirse, los líderes revolucionarios analizaron la situación con frialdad y emplearon tácticas militares para desorientar al enemigo y abrir una brecha que permitiera a una avanzada cruzar el precario puente colgante, suspendido sobre cadenas de hierro. Las célebres pinturas de aquella gesta inmortalizan a los soldados avanzando sobre los eslabones, bajo el fuego enemigo. Cuando todo parecía perdido, redoblaron sus esfuerzos, vencieron la resistencia y lograron tomar el puente de Luding.

Cuando la situación se torna crítica, ¿estamos preparados para actuar? El Ejército Rojo demostró rotundamente que sí. Por poderosa que parezca una fuerza y por acorralado que uno llegue a sentirse, siempre hay una salida. ¿Qué nos enseña este episodio sobre cómo afrontar las acciones de quienes hoy recurren a la presión y la intimidación para imponer su voluntad? ¿Y qué nos dice sobre los momentos difíciles que cada uno de nosotros debe enfrentar en su propia vida? A mi juicio, la lección es clara. La determinación marca la diferencia a la hora de superar la adversidad.

La historia de nuestra América, con sus luchas por la soberanía, ha sido un vaivén interminable de victorias, derrotas, masacres y renacimientos. Pero el futuro no pertenece a quienes pierden los estribos tras verse acorralados. Pertenece a quienes, incluso en las circunstancias más adversas, conservan la lucidez para evaluar la situación, la voluntad de resistir y la capacidad de trazar una estrategia para alcanzar sus objetivos. Comprendí la verdadera dimensión de esta enseñanza precisamente allí, de pie sobre las cadenas del puente de Luding, donde la geografía y la historia convergen para recordar que, incluso cuando todo parece perdido, todavía es posible encontrar un camino.

Conquistando el cerro Jiajin

El último tramo de nuestro viaje nos llevó a las tierras altas de la provincia de Sichuan, el terreno más exigente y desgastante de todo el recorrido. Nos adentramos en el distrito de Baoxing, donde se erige el imponente cerro Jiajin con sus bellas cumbres nevadas. Posteriormente, atravesamos el altiplano de Hongyuan y Zoige, todos situados a más de 3.600 metros de altura sobre el nivel del mar: la altitud exacta de mí querida ciudad de La Paz.

Tras marchar desde el sudeste hacia el sudoeste bajo el hostigamiento constante y brutal del enemigo, y sin los recursos ni el equipamiento propios de un ejército regular, el Ejército Rojo solo tenía una opción para sostener su avance: internarse en territorios inhóspitos, allí donde la presencia del Estado no llegaba, con la firme determinación de alcanzar el norte para hacer frente a la invasión japonesa.

Fue entonces cuando realizaron lo imposible, abrieron camino a través de parajes prácticamente intransitables. El costo humano fue desgarrador, muchos murieron congelados en el altiplano; otros, tras sobrevivir al frío extremo de las montañas, acabaron tragados por el barro de las ciénagas. Las provisiones eran insuficientes y hubo soldados que, azotados por el hambre, llegaron a hervir y masticar sus propios cinturones de cuero para sobrevivir. Los relatos de aquella travesía también evocan a quienes murieron en los pantanos con hierba en la boca, intentando mitigar el hambre hasta el último aliento.

Parecía imposible, pero lo hicieron realidad. El Ejército Rojo logró abrirse paso hasta la provincia de Gansu y, posteriormente, consolidar su presencia en la provincia de Shaanxi. Allí, las distintas unidades militares fueron convergiendo y sentaron las bases para la victoria final.

Conclusión

Todos hemos escuchado relatos de sacrificio y heroísmo, y podemos comprender su significado en abstracto. Sin embargo, recorrer estos escenarios y experimentar de cerca la geografía que marcó aquella epopeya me dejó una convicción mucho más profunda: los pueblos pueden vencer. Cuando se organizan, permanecen unidos y perseveran frente a la adversidad, son capaces de superar obstáculos que parecían insalvables.

Nada estaba escrito en piedra ni respondía a un destino inevitable. A cada paso, aquellos hombres y mujeres se jugaban la vida, sin garantías de victoria y enfrentándose a circunstancias extremas. El triunfo de 1949 fue el resultado de un largo proceso, marcado por innumerables sacrificios, una voluntad colectiva inquebrantable y la convicción de que el futuro no está predeterminado.

Los descendientes de quienes entregaron sus vidas en las montañas, los ríos y los pantanos de la provincia de Sichuan hoy cosechan los frutos de la paz y el desarrollo. Si sus valientes antepasados fueron capaces de superar lo que parecía imposible, ¿cómo no encontrar en su legado la inspiración y la fuerza para seguir marchando?

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